(Por P. M.) Nadie supo nunca cómo era Norberto en realidad, porque Norberto no era, no fue, nunca existió. Él era sólo un sueño, una ilusión, un personaje que a los miembros de la pandilla les gustaba recrear y al que atribuían todas aquellas cualidades y virtudes de las que ellos pensaban que carecían. Norberto no era bien recibido en ninguna casa ni jamás le aceptaron en matrimonio alguno de conveniencia. Odiaba a los hipócritas y a los geógrafos porque, según él, nunca dijeron verdad auténtica. Los de la pandilla no jugaban bien al fútbol sala, por lo que Norberto optó por seguir las carreras de caballos. Era bueno apostando, siempre sobre seguro. Tenía un séptimo sentido que le permitía adivinar el futuro, de modo que siempre sabía qué caballo iba a ganar.
Con 17 años, Norberto entró en la escuela de astrología aplicada a un punto, en la que se licenció dos años después. A partir de entonces, su vida no fue fácil para él. Perdió sus recomendaciones, sus papeles y sus amigos influyentes. Norberto no era como Antonio, nunca supo vivir y además tenía la nariz muy larga. Requirió el apoyo de la pandilla a la que consideraba su primera familia y la pandilla le dio la espalda. Norberto era poeta, se moría de pena y penaba por morir, exhalaba unos suspiros que al buen Dios ponían espanto. Pero un día, la suerte llamó a su casa y se fue con ella. Entonces, Norberto descubrió que no necesitaba nada, ni un turismo, ni un lecho donde dormir, ni un aparato receptor de ondas acústicas. Ni siquiera necesitaba comer o beber, trabajar o dormir. Él era sólo una ilusión de mentes enfermizas y había vivido engañado todo este tiempo. Norberto no había sabido andar derecho por la vida y no podía creerlo todo a pies juntillas. Era cojo y sólo sabía hacer buenos nudos, amén de tortillas de patata como ruedas de camión. Adiós, Norberto. No queremos aceptarte, no pensaremos más en tí. Majo.
(Por P. M.) Cuando Andrés fue encarcelado ninguno de sus amigos se preocupó por él. Sólo Antonio, que trató de vender el coche para pagar la fianza, pero al final su conciencia occidental se lo impidió. Antonio fue uno de los últimos en incorporarse a la pandilla. A pesar de todo, pronto quedaron patentes su ambición y dotes personalísimas para el mando. Él fue el único que triunfó en la vida. Era aguerrido de nombre y bastardo de apellido. Fuerte, inconstante, rencoroso, Antonio dejó la escuela a los 26 años y se lanzó por entero, ciegamente, a la vida instrumental, esto es, se dedicó a la música.
La música era su vida, su contento, su pasión, sus órdenes, mi sargento. Antonio también era pescador por lo que después de dejar a su familia se le conoció por Martín. Durante los fríos y secos inviernos del Sur-Oeste de Albarracín, cuando los céfiros y los Austros barren las prístinas llanuras, y los abetos elevan sus copas nevadas, anhelantes, hacia el cielo, gustaba Antonio de atrapar sus arreos de pesca, entre los que se contaba un anzuelo y un sedal, y dirigirse con muecas salvajes al lago de San Marcial. Es éste uno de los lagos con más agua de todo el pueblo y en el que más peces con branquias había. Antonio nunca consiguió pescar nada aunque tampoco lo intentó. A decir verdad, él mismo se tragaba el cebo, porque no quería que los peces deglutaran esa porquería artificial y antiecológica. Antonio es un filántropo, un enamorado de los llanos coralinos y de los gatos pardos, sobre todo por la noche. Antonio nunca ha visto nada con buenos ojos. Es ciego, el pobrecito, y tampoco pertenece a este mundo, como Andrés. Le gusta soñar, soñar en blanco y negro, con un futuro que te permita ver algo limpia y claramente, sin suciedad, sin impurezas, sin mácula. Antonio quisiera tener una fábrica de detergentes.
(Por P. M.) Alfredo tenía un amigo llamado Andrés. Ambos eran inseparables, uña y carne, unidos por un destino común y por la letra inicial y final de sus nombres de pila. Andrés no tenía padre, ni madre, ni casa, ni coche y sin embargo seguía siendo católico. Su historia, la historia de su vida, puso punto y final a un periodo muy lindo en el desarrollo de la prosa historiográfica valona. Esto quiere decir que Andrés era escritor, y de los buenos, o mejor, de los auténticos, de aquellos cuya única intención era la de ganar dinero. Puede decirse que Andrés era un inconformista, un fracasado, pero nadie defendería esta afirmación ni a pie ni a caballo. Él pensaba que la literatura era un instrumento mediante el cual las letras se insertaban de modo cabal en un medio de expresión físico y a la vez sentimental. Andrés no sabía lo que decía, era un loco extravagante que dormía en los parques sobre lechos de hojas secas de periódico. Y era feliz. Como Manolo, como Alfredo, era feliz. Nadie le decía lo que tenía que hacer y podía entrar y salir de casa cuando y como le viniese en gana. Esto no es cosa de risa y mucho menos de llanto. Simplemente es un retruécano, uno de esos que hay por ahí, por el mundo, tirados en las papeleras y en los jardines privados. Andrés tampoco conocía a aquel hombre que trabajaba en una cantera y que vivía en una choza de techo de paja. Pero no le importaba porque a nadie le importa lo que pongan los demás en los techos de su casa. Andrés no oía. Era sordo como un caldero, o como un chorizo de Cantimpalo. Nunca oyó de nadie palabras piadosas, ni de conmiseración, ni de duda, ni de nada. Él no pertenecía a este mundo, sino al otro, aquél que nadie conoce ni desea conocer, aquél en el que nunca se trabaja ni se quiere trabajar, al mundo de Yupi.
(Por P. M.)
Manolo era un hombre feliz. Se levantaba a las 5 de la mañana un día sí y otro no. Su perro se llamaba Balleta y no comía más que desechos de tienda. La esposa de Balleta se llamaba Arousa y la hija de Manolo, Landelina. Una mísera choza de paredes de barro y techumbre de paja era la morada de un hombre que trabajaba en una cantera. El rasgo más característico de Manolo, aquél que le diferenciaba del resto de los mortales y hacía de él unrevisionista aberrante, era que siempre había sido un hombre absolutamente opaco. Jamás dejó que los rayos de la luz atravesaran su cuerpo. Los amigos más cercanos de Manolo le llamaban Alfredo porque éste era el nombre con el que todos desearíamos haber sido bautizados. Alfredo llevaba una vida totalmente distinta, opuesta, incompatible a la de Manolo. Trabajaba en una industria dedicada a la fabricación artificial de guantes de hurón tasmano, y nunca deseó nada más para vivir, ni para soñar, ni para ser aplastado. Manolo no quiso someterse jamás a las reglas, ni medir con ellas. Seguía con obstinación los debates televisivos y no dejaba que nadie, ni siquiera el presidente del Tribunal de Menores, le cambiara de canal. A Alfredo no le gustaba la televisión sino la radio. Desde que estuvo a punto de pescar un lucio en el río del pueblo, no había podido desengancharse de su adicción a las ondas. Manolo y Alfredo eran amigos y enemigos, extraños y conocidos, buenos y malos, perros y gatos, libres y enclaustrados. Nunca precisaron de nada ni de nadie, nunca dijeron siempre jamás. Eran mudos y poco expresivos, nadie oyó de ellos una palabra de amabilidad. Quizá su tara se debiera a una prematura separación de sus padres, o no era más que un truco para hacerse notar. Lo cierto es que Alfredo no sabía de la existencia de Manolo, ni Manolo de la de Alfredo. Pero se querían como hermanos, como hijos de una misma madre, como primos de un mismo primo. Eran tal para cual.